Reflexiones sobre la Ausencia Paterna: Un Viaje de Reencuentro y Desilusión
La Palabra Prohibida
No me considero supersticioso, salvo en un aspecto: la palabra «nunca». Cada vez que uno de mis hermanos afirmaba “yo nunca seré como papá”, una inquietud se apoderaba de mí.Temía lo inevitable: que tanto ellos como yo estuviéramos destinados a replicar sus errores, cada vez que proclamábamos lo contrario.
Este temor resurgió una tarde cuando descendí del colectivo 81 en Avenida Beiró, a solo dos cuadras de mi hogar.Verlo allí, indeciso frente al tablero de timbres, fue más perturbador que encontrarlo directamente en mi puerta. preferiría haberme llevado esa sorpresa sin el tiempo-chicle que implicó esperar el semáforo y caminar hacia él mientras pensaba en lo que no quería pensar: la palabra «nunca» y el hecho de no haber visto a mi padre en años.
Un Encuentro Inesperado
Desde su partida cuando yo tenía seis años hasta su regreso a los quince, había aprendido a lidiar con su ausencia. Su presencia era intermitente; aparecía con historias cada vez más fantásticas pero menos creíbles. Sin embargo, había un patrón constante: siempre llegaba con menos dinero y más problemas visibles relacionados con su salud.cuando me saludó con un “¿qué hacés, Pablín?”, toda la tensión acumulada se disipó momentáneamente. Nos abrazamos; aunque al principio no deseaba hacerlo, luego agradecí ese gesto. Su apariencia era desmejorada: canoso y con sobrepeso; esta vez no trajo consigo las típicas historias grandiosas sobre oportunidades laborales en Estados Unidos.En cambio, permaneció callado durante gran parte del encuentro.
Me invitó a tomar café —aunque sabía bien que sería yo quien pagara— y nos sentamos en una esquina entre Artigas y Del Carril. Las preguntas eran triviales: sí,era profesor de Literatura; sí seguía escribiendo; no tenía hijos; hacía mucho calor este verano…Agradecía esa conversación insípida porque me permitía mantener la fachada del hijo comprensivo que aún le prestaba atención.
Confesiones Dolorosas
De repente las lágrimas brotaron sin previo aviso y antes de poder redirigir la conversación hacia temas seguros comenzó a desahogar todo lo acumulado durante dos décadas. Se disculpó meticulosamente por cada error cometido como padre; sus palabras eran detalladas pero carecían del peso emocional necesario para mí.
No necesitaba esas disculpas —o tal vez sí— era como tener sed e intentar saciarla bebiendo litros innecesarios de agua fría. Mientras hablaba entre sollozos devorando medialunas acompañadas por café con leche —sin dejar nunca el cigarrillo— se volvió evidente cuán larga sería esta confesión incómoda.
Su lista incluía arrepentimientos hacia mi madre —su ex esposa— quien tuvo que hacerse cargo sola de cuatro hijos mientras sacrificaba sus propios deseos personales para asegurarse nuestro bienestar hasta alcanzar la adultez. También asumió responsabilidades ajenas como las adicciones presentes entre mis hermanos menores; estaba siendo fiel a su naturaleza egocéntrica incluso al pedir perdón.
A medida que avanzaban sus lamentos me di cuenta de cómo había construido una coraza emocional para protegerme del amor o el odio genuino hacia él —reservándolos solo para quienes realmente importan en mi vida—.
una Huida Sorprendente
En medio del torrente verbal surgió algo inesperado: “pago yo”. Dejó caer unos billetes arrugados antes de salir apresuradamente por la puerta trasera sin esperar respuesta alguna respecto a sus disculpas o acciones pasadas como padre irresponsable.
Al preguntarle al mozo si había dejado suficiente dinero descubrí horrorizado que los billetes eran recortes viejos llenos de notas escritas por él mismo —conocía bien aquella caligrafía precisa— pero nada útil para pagar nuestra cuenta real.
Poco después recibí una llamada desde la pensión donde vivía gracias al apoyo financiero mío y uno de mis hermanos mayores; un lugar deteriorado ubicado cerca del barrio flores donde apenas podíamos costearle alojamiento temporalmente.
El encargado me instó urgentemente a acudir ya mismo porque algo grave sucedía allí dentro…
El Último Encuentro
Al llegar encontré un ambiente sombrío marcado por gritos provenientes del cuarto superior donde estaba alojado mi padre junto al encargado amable pero distraído mientras preparaban mate tras mate insípido.
Finalmente toqué su puerta e ingresé hallándolo sentado sobre un colchón desgastado cubierto por manos temblorosas ocultando su rostro cansado ante mí… El olor nauseabundo impregnando el aire resultaría insoportable incluso para alguien acostumbrándose lentamente ante tales circunstancias familiares adversas.
Intenté invitarlo amablemente fuera pero recibió mal mis intenciones alegando absurdamente ser demasiado importante para socializar así… Recordé vagamente cómo alguna vez trabajara vendiendo autos hace muchos años atrás…
Después decidí lavarme el rostro intentando despejar pensamientos oscuros antes regresar nuevamente junto él dispuesto ayudarle aunque sabía muy bien qué significaría llevarlo finalmente al hospital…
Las horas transcurrieron lentas mientras esperaba noticias acerca suyo… ¿Y si le daban alta? No podría dejarle volver solo ni tampoco permitirle vagar nuevamente sin rumbo fijo…
Nunca quise tanto ver enfermo alguien tan cercano… Era triste reconocerlo mas necesitaba liberarlo pues ignorábamos cómo continuar juntos así…
La situación empeoraría rápidamente cuando finalmente llegó información médica reveladora acerca tumores cerebrales múltiples diagnosticados recientemente… Me sentí abrumadamente dividido entre alivio e incomodidad ante tal realidad inminente…
Lo siguiente fueron visitas semanales donde intentábamos conectar pese distancias emocionales existentes entre nosotros ahora irreversibles debido enfermedad devastadora consumiéndolo lentamente día tras día hasta perderse completamente dentro laberintos confusos recuerdos ajenos…
Aldous Huxley dijo acertadamente “las únicas personas perfectamente coherentes son los muertos”. Así fui testigo silencioso últimos días vida papá compartiendo momentos incoherentes juntos buscando respuestas quizás jamás hallaríamos realmente…
