La Trilogía de Flavio Josefo: Una Reflexión sobre la Historia y la Valentía
Un Autor Inusual en el Panorama Literario
Desde mi perspectiva, una de las obras más destacadas en el ámbito de la novela histórica es «Flavio Josefo» del autor alemán Lion Feuchtwanger. Su nombre puede resultar complicado de pronunciar, pero su legado literario es indiscutible. nacido en Alemania, hijo de un padre judío y una madre no judía, Feuchtwanger se posicionó como un firme opositor al nazismo y abrazó ideologías comunistas durante su vida. Durante su exilio en París durante la Segunda guerra mundial, fue recluido en un campo de internamiento; sin embargo, también tuvo la oportunidad de entrevistar a Stalin en la Unión Soviética. Sin duda alguna, se trata de un escritor monumental.
La trilogía que escribió sobre Flavio Josefo se presenta bajo diferentes títulos en español: «El judío de Roma I», «II» y «III», o bien como 1) «La guerra de los judíos», 2) «Los hijos» y 3) «El día llegará». Aunque cada volumen puede leerse por separado, todos están intrínsecamente conectados entre sí.
A pesar de no haber leído los textos originales del propio Flavio Josefo debido a mi tendencia a distraerme con facilidad, he devorado las novelas escritas por Feuchtwanger varias veces. Este autor no goza del reconocimiento que merece dentro del mundo hispanohablante; sus obras deberían ser objeto constante de reediciones.
La Narrativa Histórica: ¿Quiénes Son los Verdaderos Narradores?
En esta trilogía se plantea una cuestión fascinante: ¿quién tiene el poder para narrar la historia? No se trata simplemente de una exposición teórica ni mucho menos un ensayo académico; lo que encontramos aquí es un debate inmerso dentro del marco ficticio basado en hechos históricos verificables.
Feuchtwanger retrata a Josefo como una figura intelectual judía singular cuya complejidad resuena con ciertos personajes influyentes contemporáneos. como celote resistente al Imperio Romano que finalmente sucumbe ante el invasor, Josefo pasa a convertirse en el escriba preferido bajo el régimen vespasiano.
Este gran narrador hebreo representa tanto su época como sus aspiraciones hacia la posteridad; aunque derrota militarmente hablando fue unavoidable para él, lucha incansablemente por dejar su visión sobre los acontecimientos vividos por el pueblo israelí. Su figura evoca paralelismos con Metternich según lo descrito por Kissinger en Un mundo restaurado, donde mientras Metternich busca mantener sutilmente un imperio durante tiempos revolucionarios, josefo intenta trascender roma mediante su pluma para alcanzar un futuro donde prevalezca la voluntad sobre el poder establecido.
Mis lecturas repetidas me han llevado a cuestionar profundamente esa noción comúnmente aceptada que sostiene que solo quienes triunfan pueden escribir historia. Si así fuera cierto, dicha afirmación nunca habría llegado hasta nosotros. Lo que consideramos Historia está impregnado con nuestra credibilidad colectiva; si comenzamos a relativizarla ya no podemos leerla desde esa perspectiva histórica convencional.
He llegado a pensar —aunque aún tengo mis dudas— que la historia es más bien una narrativa continua cuyo desarrollo no depende exclusivamente del estatus victorioso o derrotado dentro del contexto bélico. Por ejemplo, aunque indudablemente hubo una victoria militar española durante la Conquista Americana frente a las poblaciones nativas indígenas entre 1492 y años posteriores; hoy día son muchos los intelectuales españoles e occidentales quienes critican ese acontecimiento histórico desde perspectivas éticas e históricas diversas.
Reflexiones Sobre Valor y Vulnerabilidad
La pregunta basic persiste: ¿quién escribe realmente nuestra historia? Y más importante aún: ¿por qué? Esta cuestión resulta ser mucho más compleja que simplemente componer melodías pegajosas. Mi intuición —un método imperfecto pero accesible para aquellos nuevos al conocimiento— me lleva hacia reflexiones profundas acerca cómo interpretamos datos históricos irrefutables (los españoles conquistaron América), datos difíciles (¿por qué Cortés pudo someter tan fácilmente a Moctezuma?) y datos ambiguos (¿cuál sería entonces el balance general?).
Como narrador he experimentado momentos donde sentí que mis palabras podían influir directamente sobre eventos significativos —en cierta medida dependían incluso del uso correcto o incorrecto de mi bolígrafo— ya sea porque toda herramienta sofisticada terminaba extraviándose o dañándose antes siquiera llegar al papel adecuado.
Tomemos como ejemplo al célebre Aquiles —el héroe griego venerado tras las batallas troyanas— quien era hijo tanto del rey Peleo como también tenía sangre divina gracias a tetis (una diosa marina). Desde pequeño recibió cuidados especiales destinados hacerle invulnerable sumergiéndolo incluso en aguas mágicas… salvo por aquel talón descuidado mientras era bañado…
Así fue cómo Aquiles llegó ser conocido como invulnerable excepto precisamente allí donde había sido olvidado… En última instancia murió cuando Paris le disparó flechas guiadas por Apolo hacia ese mismo talón vulnerable…
Mientras observaba todo esto desde mi aula primaria preguntándome acerca valor real detrás tales hazañas heroicas si uno sabe estar protegido contra cualquier daño físico…Me pregunté si nosotros podríamos encontrar similitudes con Aquiles…
A primera vista parece imposible dado nuestro cuerpo frágil expuesto constantemente ante peligros cotidianos… pero entonces recordé algo crucial cuando vi actuar valientemente ante situaciones adversas…
Un compañero llamado Gastón enfrentó burlas constantes provenientes otro niño mayor llamado Zurlo quien abusaba físicamente contra él… Un día Gastón decidió plantarse firmemente desafiando así toda lógica esperada… A pesar perder aquella pelea física quedó claro algo importante:
Los seres humanos somos opuestos respecto Aquiles pues poseemos vulnerabilidades físicas evidentes pero también contamos con ese “talón” inquebrantable representando nuestra voluntad interior capaz desafiar adversidades externas sin rendirse jamás.